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El libro como objeto discursivo, Sandra M. Szir

¿Qué es un libro? ¿Cómo podemos definir ese objeto tan presente en nuestra cultura, objeto que difunde textos e imágenes, ciencia, literatura, que nos permite aprender, enseñar, soñar, socializar, compartir? Objeto que ha corrido a lo largo de la historia diversas suertes, ha sido perseguido o prohibido por contener ideas contrarias a los poderes religiosos o políticos. Objeto que ha variado también a lo largo de los tiempos, en sus formatos, materiales, contenidos, sus técnicas y procesos de producción, su difusión, el modo como es ofrecido a la lectura, su recepción. Asistimos a una época que nos sorprende por las novedosas posibilidades de difusión ofrecidas por las nuevas tecnologías informáticas, que prometen otros soportes y formas, lo que ha llevado a muchos autores a preguntarse si el viejo libro en papel está viviendo su etapa final. Las posibles respuestas han conducido a debates entre historiadores y quienes se ocupan de este aspecto de la comunicación y muchos se han dirigido a etapas históricas anteriores para indagar de dónde proviene este objeto libro que aún utilizamos. Desde el surgimiento de la escritura el libro ha sido un instrumento para ordenar y almacenar el saber permitiendo la transmisión y la socialización de la cultura. Es a la vez objeto material, vehículo de transmisión cultural y soporte para la producción estética, no sólo textual, sino también visual. Un libro puede ser un objeto para leer y mirar. 
Diversas disciplinas se han ocupado de estudiar el libro. Algunas de ellas, como la crítica literaria, se ocuparon del contenido de los libros, del texto entendido en su valor estético. Pero otras, como la bibliografía, han tomado los libros como un discurso en sí mismo, dirigiendo su mirada hacia los objetos, estudiando sus formas, los procesos de fabricación del libro, la organización de la producción, los gestos mismos de quienes fabricaban los libros, y éstos no eran, para la Analytical bibliography inglesa y americana, sólo los autores, sino también, los editores, los obreros impresores, cajistas y prensistas, encuadernadores, y todos aquellos que tuvieran una participación en la producción.
Pero hace algunas décadas surgió una nueva disciplina que reúne los diversos intereses en relación al libro, que reúne estudios históricos, comunicativos, estéticos, semióticos, y que tiene particular impulso en países como Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Italia, Alemania, y que es la historia del libro.

¿Qué es la historia del libro?

La historia del libro actual como disciplina produjo una nueva forma de considerar el libro, su producción y su comercio, sus formas y sus usos. La disciplina actual de la historia del libro se diferencia de lo que fue la antigua historia de la imprenta, que era clásicamente la historia de una invención y su difusión, la historia de una técnica y de sus evoluciones, la historia de los libros más famosos o los más raros y reúne diversas corrientes. Por un lado, la historia cuantitativa del libro que tuvo su auge en los años 70, cuyo objeto era la constitución de largas series de producción impresa, para una época y un determinado lugar. Tomaba prestada de la historia económica sus conceptos y sus herramientas, hacía estadísticas de los títulos, y trataba de esbozar la coyuntura de lo impreso, en sus movimientos largos y en sus ciclos cortos, en sus periodos de crecimiento y sus tiempos de recesión. Otra corriente de la historiografía del libroprincipalmente francesa, es la que le ha dado primacía al estudio social. Por un lado, propuso una historia social de los que fabricaban los libros: mercaderes-libreros, maestros impresores, obreros tipógrafos y prensistas, fundidores de caracteres, encuadernadores. Se estudiaron sus alianzas, sus discrepancias, su movilidad social y geográfica. Esta misma corriente estudiaba el desigual reparto del impreso en la sociedad, reconstruía las bibliotecas poseídas por los diferentes grupos sociales o profesionales, utilizaba como documentos los inventarios post- mortem, o los catálogos impresos de las ventas públicas de bibliotecas subastadas. De este modo, la desigual posesión del libro se consideró como indicio de las oposiciones que fragmentan una sociedad, distinguiendo entre los que estaban familiarizados con los libros y aquellos que permanecían ajenos a la cultura del impreso.
Estas dos tradiciones han recibido sus críticas en los años '80, dudas acerca de la utilización de la cifra y las estadísticas. Los números sólos no podían dar cuenta de las formas en que se comprendían y utilizaban los textos. Para captarlas se precisan otras preguntas, otros enfoques, la sóla enumeración de títulos o el escrutinio de su desigual presencia en las bibliotecas no permitía delimitar las modalidades y los efectos de su lectura. 
Una tercera tradición, venida de Gran Bretaña completa el panorama actual de la historia del libro: La Analytical bibliography. La historia social del libro no prestaba suficiente atención a las formas de lo impreso, que son como las huellas, en los objetos, de sus condiciones de producción. El texto no es una abstracción, no existe fuera de los objetos escritos que lo dan a leer, y la lectura tampoco es una abstracción, no es un proceso universal que no tiene variaciones históricas. Los textos no se han depositado en libros, escritos a mano o impresos por la prensa, como en simples receptáculos. Los lectores sólo los encuentran inscritos en un objeto cuyos dispositivos y organizaciones guían y constriñen la operación de producción del sentido. 
Durante mucho tiempo los historiadores habíann considerado el estudio material del libro como una erudición descriptiva, buena para los bibliógrafos pero sin gran utilidad para una sociología cultural. Parecían ignorar que la disposición de la página impresa, las modalidades de la relación entre el texto y lo que no lo es (glosas, notas, ilustraciones, índices, cuadros, etc.) o también la ordenación misma del libro, con sus divisiones y sus señas, eran otros datos esenciales para restituir las significaciones de que un texto pudo estar investido.
Fue Donald McKenzie quien reorientó la disciplina de la bibliography en el sentido en que fue tomada por los historiadores franceses, en particular por Roger Chartier. McKenzie plantea que las distintas categorías de la bibliografía tradicional se interesaban por las formas del libro pero no por su significado simbólico. Su idea es que en el momento de querer explicar los signos ya adquieren un estatuto simbólico, necesariamente se relaciona con otra cosa, o sea que se entrelazan la forma, la función y la significación simbólica. A McKenzie le interesa conciliar la bibliografía con la semiótica, en tanto que ciencia de los signos y en tanto que destaca al libro como forma expresiva. Esto implica que las formas afectan el sentido. Sugiere que la bibliografía es la disciplina que estudia los textos así como su dimensión social, esto es los procesos de transmisión, producción y recepción.

Temas y problemas de la historia del libro

La historia del libro se ubica en el presupuesto de que a medida que entendemos la producción y el consumo de los libros, nos acercamos a la historia social de la cultura.
Partiendo de diferenciar tres ejes básicos: los textos, que son el contenido del libro, los libros, que representan el continente material o físico que llega al lector, y, por último, las prácticas, usos y apropiaciones, que de los textos pueden hacer los lectores. 
De los principales problemas de los que la historia del libro se ocupa nos interesarán fundamentalmente tres. En primer lugar, la articulación entre las formas y el sentido. En segundo lugar, la inserción del objeto libro en la trama de lo social con las actividades de producción, distribución y recepción. Por último, el interés en la historia de la lectura, como una práctica histórica concreta.
Con respecto al primero, Roger Chartier afirma que las significaciones de los textos dependen también de las formas a través de los cuales son recibidos y apropiados por sus lectores. Las formas producen sentido y un texto, posee una significación y una categoría inéditas cuando cambian los dispositivos que lo proponen a la interpretación. La valoración de lo formal que hace la historia del libro nos permite enfocar lo estético de los productos como uno de los aspectos vehiculizadores de sentido. Tomando en cuenta esta posibilidad de aproximación a esta realidad que son los objetos impresos o también libros manuscritos, nos interesarán particularmente los dispositivos, técnicos, visuales, físicos que organizan la lectura del escrito cuando se convierte en objeto. Dispositivos formales tales como la caligrafía, tipografía, la puesta en página, las imágenes (ilustraciones grabadas o fotografías), el formato, la compaginación, la encuadernación, y el modo como estas particularidades gráficas se relacionan con la cultura que les otorga un sentido. 
Volviendo al triángulo de partida, definido por la relación anudada entre el texto, el libro y la lectura, Chartier sostiene que las variaciones de las modalidades más formales de presentación de los textos pueden modificar no sólo su registro de referencia sino también su modo de interpretación. Así sucede, por ejemplo, con una mutación de la "impresión" entre los siglos XVI y XVII: la ventilación de la página por obra de la multiplicación de los párrafos que quiebra la continuidad ininterrumpida del texto; y la de los apartados que hacen inmediatamente visible, por medio de los cortes y de los puntos aparte, el orden del discurso. Así, los nuevos editores sugieren una nueva lectura de las mismas obras, una lectura que fragmenta los textos en unidades separadas y que reencuentra, en la articulación visual de la página, la articulación intelectual o discursiva del argumento.
Con respecto a la segunda cuestión entendemos la importancia de las prácticas que inscriben al libro en el mundo social y que lo relacionan con él. Para ello es necesario relacionar los productos editoriales con sus condiciones de producción, la evolución técnica, las condiciones del trabajo en los talleres, los distintos materiales, las características de las diversas tareas de producción, los lugares de producción, el proceso de industrialización de la producción, las figuras de escribas, autores, impresores, tipógrafos, editores, ilustradores, grabadores, redactores.
Es, por otro lado, de particular importancia la articulación de las condiciones de producción de un objeto con los aspectos de distribución a través de la cual el libro llega al público, las instancias de comercio, desde la distribución restringida de los monasterios, pasando por el acceso de la burguesía a la adquisición de libros en la etapa moderna, el nacimiento de librerías, la venta ambulante o por suscripción, la censura y los libros prohibidos, los privilegios y permisos, la difusión interesada de ciertas obras por parte de los poderes, y la distribución masiva del siglo XIX y XX.
Para completar las actividades de producción, diseminación y recepción de los objetos impresos, y ya nos internamos en el tercer problema, es necesario tratar la lectura. Esta historia se esfuerza por restituir la forma con que lectores diferentes aprehenden, manejan y se "apropian" de los textos puestos en libro. Esto abarca las formas de lectura en silencio, en voz alta (con la posibilidad de participación por parte de un público analfabeto), en soledad, o colectiva, los lugares para la lectura, como por ejemplo instituciones o colecciones que se abren al público, gabinetes de lectura en los siglos XVIII y XIX, bibliotecas municipales, escolares, populares. La lectura es también vínculo social. 
El libro está caracterizado por un movimiento contradictorio. Por un lado, el autor, el librero-editor, el comentador, el censor, aspiran a controlar de cerca la producción del sentido y hacer que el texto que ellos escribieron, publicaron, glosaron o autorizaron sea comprendido sin apartarse de su voluntad prescriptiva. Por otro lado, la lectura, por definición, es rebelde y vagabunda. Los lectores desarrollan infinitas astucias para procurarse los libros prohibidos, para leer entre líneas, para subvertir las lecciones impuestas. El libro apunta siempre a instaurar un orden, sea el de su desciframiento, en el cual debe ser comprendido, sea el orden deseado por la autoridad que lo ha mandado ejecutar. No obstante, este orden no es omnipotente para anular la libertad de los lectores. Esta dialéctica entre la coerción y la apropiación no es la misma en todas partes, siempre y para todos. 
Asimismo, hay que sostener que la lectura es siempre una práctica encarnada en gestos, espacios, hábitos. Una historia de los modos de leer debe identificar las disposiciones específicas que distinguen a las comunidades de lectores y las tradiciones de lectura. La operación supone el reconocimiento de contrastes entre competencias de lectura. Todos aquellos que pueden leer los textos no los leen de igual modo. Existen también contrastes entre normas y convenciones de lectura que definen, para cada comunidad de lectores, usos legítimos del libro, modos de leer, instrumentos y procedimientos de interpretación. Contrastes, entre las expectativas y los intereses muy diversos que los diferentes grupos de lectores depositan en la práctica de la lectura. De estas determinaciones, que gobiernan las prácticas, dependen las maneras en que los textos pueden ser leídos de distinto modo por lectores que no disponen de los mismos instrumentos intelectuales y que no mantienen una misma relación con lo escrito. El lector emerge como figura independiente pero dicha independencia no es una libertad arbitraria. Está limitada por los códigos y las convenciones que rigen las prácticas de una comunidad de pertenencia. Está limitada, asimismo, por las formas discursivas y materiales de los textos leídos.
La lectura no es sólo una operación abstracta de intelección: es puesta en juego del cuerpo, inscripción en un espacio, relación consigo mismo y con los otros. Una historia de la lectura no debe limitarse a la mera genealogía de nuestra manera contemporánea de leer, en silencio y con los ojos. Tiene como tarea, también y quizás sobre todo, reencontrar los gestos olvidados, los hábitos extinguidos. Esto revelaría, por un lado, la extrañeza de prácticas antiguas, y también las estructuras específicas de textos compuestos para usos que ya no son los de sus lectores de hoy.
Este enfoque permite visualizar como en cada época se pueden identificar las modalidades compartidas del leer que sitúan los gestos individuales y que pone en el centro los procesos por los que, frente a un texto, un lector o una comunidad de lectores produce una significación que le es propia. "La construcción del sentido, histórica y socialmente variable se halla pues comprendida en el cruce entre, por un lado, las propiedades de los lectores (dotados de competencias específicas por su posición social y sus disposiciones culturales) y, por otro, los dispositivos escriturarios y formales que son los de los textos apropiados por la lectura" (Chartier, 1993)
Por lo tanto, la tarea del historiador es reconstruir las variaciones que diferencian los "espacios legibles" - es decir, los textos en sus formas discursivas y materiales- y aquellos que gobiernan las circunstancias de su ejecución- es decir, las lecturas entendidas como prácticas concretas y como procedimientos de interpretación. Por lo tanto, nuestra tarea es tomar los objetos del pasado realizados para producir una comunicación visual, sean o no objetos de diseño, producidos o no en forma industrial y para un consumo masivo, y analizarlos, partiendo de su estructuración visual, de sus formas materiales y estéticas, con el objeto de iniciar el camino de reconstrucción del sentido. Para ello será necesario asimismo indagar las condiciones y modos en que esos objetos fueron producidos, las circunstancias y las vías a través de los cuales llegan a los lectores y las formas a través de las cuales éstos se insertan en el proceso, con sus competencias culturales específicas y su inclusión en un complejo económico y social más amplio. Todo esto brinda, por otra parte, un marco conceptual adecuado para una lectura de la producción contemporánea, ya sea desde el punto de vista del productor o desde el lugar del lector, o receptor. 

Bibliografía 
Chartier, Roger. El orden de los libros. Barcelona, Gedisa, 1996.
Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna. Madrid, Alianza, 1993.
Darnton, Robert. "Historia de la lectura" en Burke, Peter (ed.), Formas de hacer historia. Madrid, Alianza, 1994.
The kiss of Lamourette. Reflections in cultural history. New York, London, Norton, 1990.
Hall, David. Cultures of print. Boston, Massachusetts, 1996.
McKenzie, D. F. La bibliographie et la sociologie des textes. Paris, Editions du Cercle de la Librairie, 1991. 
Sandra M. Szir es Licenciada en Artes de la Universidad de Buenos Aires. Cursa la maestría de Sociología de la Cultura en IDAES, Universidad de San Martín, y es doctoranda de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Es docente de Historia de la Comunicación Visual, en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA, y de Introducción al lenguaje de las artes plásticas, y de Historia del Libro, ambas en la Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes.
Participó en diversos proyectos de investigación y publicó diversos artículos sobre aspectos de historia de la edición en la Argentina, en particular, el tema de publicaciones periódicas en el siglo XIX. 

 

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